jueves, 29 de marzo de 2012

¿BAILAS CONMIGO?

 Están parados frente a frente, cada uno tiene una expectativa propia, diferente, exclusiva y a la vez inquietante. El primer paso lo da él, se acerca lentamente solicitando permiso con su mirada y su gesto intencional, ella, se intimida pero acepta con un leve movimiento que se puede descifrar  sin equivocación. Cuando ambos se toman de las manos la dualidad es ambigua, la decisión de quién domina y quién cede dependerá de un mal o un acertado movimiento. La melodía que retumba en el fondo  del salón es consecuente con las intenciones de él, pero con las expectativas de ella falla la sincronización. Cuando los cuerpos se juntan y las respiraciones se mezclan, la individualidad desaparece y nace una sola figura producto de dos, se mueven al compas del lenguaje que transmite el cuerpo, de la acción-reacción que  causa el efecto de la danza, conviven en un círculo que no permite errores, que es temeroso de la equivocación, un círculo privado que pertenece a ambos y cualquier visitante es considerado un invasor...

El baile se construye a través de dos cuerpos en un acuerdo de expresividad y emoción, se convierte en una ruta de escape que erradica tristezas o expresa descontentos. Es innata la sensación que logra el ritmo hasta en el más diminuto de los poros, la melodía es el hilo que sostiene cada articulación de un cuerpo sumergido en el movimiento causado por un ente en forma de notas musicales… Sin embargo aunque se sienta como una reacción poética del cuerpo a la orden de un instrumento, es el baile entre dos, el principio del fin de uno de dos. La música no discrimina belleza ni fisiología, el que no oye puede hacer oírnos lo que jamás hemos oído; existen y existieron genios “anormales” que deleitan un fondo silencioso… pero el viaje entre dos, el baile entre dos, puede ser la estaca invisible que daña a la coraza más resistente. Si es bajo, si es feo, si es gordo, si no cumple los estándares del movimiento que enseña el entorno social, es entonces cuando se falla, si ella baila al compas del uno, dos, uno, dos, uno… y él responde con el uno, dos, dos, uno, tres… muere la armonía, muere la simpatía, falla la intención. El baile discrimina, discrimina la belleza, si, la subjetiva belleza, discrimina la figura, discrimina la raza… es un lenguaje de violencia gestual, no hace falta la palabra para que el descontento arremeta sin piedad.

jueves, 1 de marzo de 2012

CONVERSACIONES CON LA CABEZA DE MEDUSA

Alguna vez una persona me dijo: “leer este libro es algo así como ver una medusa llena de serpientes en la cabeza, y cada una de esas serpientes dice algo diferente a la vez…” y verdaderamente debo confesar que es esa la primera impresión cuando se leen las primeras dos páginas de “La Casa Grande” del escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio, las letras concebidas en el interior de este libro se manifiestan en un principio confusas, extrañas, separadas, distantes al lector; pero sucede algo complejo con La Casa Grande, más complejo que su mismo contenido, atraen de tal forma sus páginas, que a pesar de su difícil compresión inicial, es ésta complejidad la que arrastra al lector a continuar su viaje. La ansiedad generada por el primer capítulo que se constituye todo en diálogos, sirve como aperitivo de entrada para continuar hacia un bosque más espeso, representado en una forma de escribir casi mágica, y digo mágica porque solo los magos pueden crear cosas de la nada, llevar la mente de un espectador a lugares inhóspitos o concebir los conocidos desde nuevas perspectivas, y la clásica: sacar conejos de los sombreros, en consecuencia queda la pregunta sin respuesta para el mago: ¿cómo lo hizo? Y es esta la pregunta que nos deja La Casa Grande, y ese “cómo lo hizo” no se refiere a la semántica utilizada por el autor, la pregunta se traduce en la manera de reflejar tan cruda y potentemente una realidad que amenazó a una época sumida en una guerra ideológica entre conservadores y liberales, y en la cual fueron terceras personas las que resultaron afectadas en esa llamada “violencia fratricida”. La masacre de las bananeras sucedida en 1928 fue el punto de partida del autor, muy probablemente deseaba convertirlo en sustancia literaria fuera de tiempo y lugar histórico que le permitiera replicar en espejo aquel terrible acontecimiento que cicatrizó profundamente una época y hasta ahora, una historia completa.