Alguna vez una persona me
dijo: “leer este libro es algo así como ver una medusa llena de serpientes en
la cabeza, y cada una de esas serpientes dice algo diferente a la vez…” y
verdaderamente debo confesar que es esa la primera impresión cuando se leen las
primeras dos páginas de “La Casa Grande” del escritor colombiano Álvaro Cepeda
Samudio, las letras concebidas en el interior de este libro se manifiestan en
un principio confusas, extrañas, separadas, distantes al lector; pero sucede
algo complejo con La Casa Grande, más complejo que su mismo contenido, atraen de
tal forma sus páginas, que a pesar de su difícil compresión inicial, es ésta complejidad
la que arrastra al lector a continuar su viaje. La ansiedad generada por el
primer capítulo que se constituye todo en diálogos, sirve como aperitivo de
entrada para continuar hacia un bosque más espeso, representado en una forma de
escribir casi mágica, y digo mágica porque solo los magos pueden crear cosas de
la nada, llevar la mente de un espectador a lugares inhóspitos o concebir los
conocidos desde nuevas perspectivas, y la clásica: sacar conejos de los
sombreros, en consecuencia queda la pregunta sin respuesta para el mago: ¿cómo
lo hizo? Y es esta la pregunta que nos deja La Casa Grande, y ese “cómo lo
hizo” no se refiere a la semántica utilizada por el autor, la pregunta se
traduce en la manera de reflejar tan cruda y potentemente una realidad que amenazó
a una época sumida en una guerra ideológica entre conservadores y liberales, y
en la cual fueron terceras personas las que resultaron afectadas en esa llamada
“violencia fratricida”. La masacre de las bananeras sucedida en 1928 fue el
punto de partida del autor, muy
probablemente deseaba convertirlo en sustancia literaria fuera de tiempo y
lugar histórico que le permitiera replicar en espejo aquel terrible
acontecimiento que cicatrizó profundamente una época y hasta ahora, una
historia completa.
Las letras golpean al lector de una forma que puede ser metafóricamente
dolorosa, Samudio se valió de técnicas que parecen experimentos, cuyo fin sería
llevarnos en un viaje de crudeza, maldad pura y simpleza, sin embargo, me
atrevería a decir que su experimento cumple su objetivo: pegarnos de principio
a fin de su singular habilidad de narrar una historia desde todos los puntos de
vista involucrados. Las descripciones de los personajes son simples pero
certeras, con dos o tres palabras ya sabemos las características más
sobresalientes del involucrado: “El Padre tiene 70 años y es fuerte y duro.
Cuando se ponga de pies el Padre será de baja estatura, las espaldas serán
anchas, la nuca abultada, el pecho poderoso, la cintura delgada y las piernas
ligeramente corvas…” “…cuando el Padre hable la voz será áspera, autoritaria, hecha
de dar órdenes siempre. No hay ternura en el Padre. Pero tampoco hay torpeza.
Es implacable pero no hay venganza ni amargura en él. Es naturalmente duro como
el guayacán”.
Pero no quiero sonar masoquista, ni mucho menos, por otra parte, es mi
deber contarle al lector desde mi humilde experiencia en la lectura de la Casa
Grande, que es un dolor placentero su desglose e interpretación. No niego que
se hace incomprensible al principio, pero no se preocupe apreciado lector, esta
sensación desaparece después de 4 páginas, se hace soportable, luego
interrogante, ha de seguir persuasiva para después tornarse incontrolable
detenerse. El amante de la literatura disfrutará la compañía de las 92 páginas,
su viaje no le defraudará; la construcción semántica es mezclada desde lo
histórico hasta lo fantástico, sin ser lo fantástico demasiado fantástico. La
maldad de alguno de sus personajes se puede percibir tan real que puede crear
en usted una sensación de rabia y venganza. Otros, podrán ser causa del
despertar de un sentimiento piadoso y comprensivo.
Álvaro Cepeda Samudio murió el 12 de octubre de 1972, este escritor y
periodista nos dejó antes de partir una obra literaria de riqueza por gastar.
No le dé miedo aventurarse en una construcción compleja, puesto que la
complejidad es temporal y va desglosando sus verdaderas intenciones: mostrarnos
una situación real desde las miradas desconcertantes de cada protagonista. Son
los viajes hacia lo desconocido los que nos muestran que era sólo el temor
latente a aquello que desconocemos lo que nos impide mirar más allá de lo
evidente.
Alguna vez alguien me dijo: “leer este libro es algo así
como ver una medusa llena de serpientes en la cabeza, y cada una de esas
serpientes dice algo diferente a la vez…” , yo le diría hoy: ciertamente son muchas serpientes
gritando a voces inaudibles diferentes cosas, pero cuando te sientas con
mesura, abres tus oídos en concentración máxima, miras cada palabra y oyes cada
palabra, desglosas, disfrutas, ordenas; es allí cuando puedes notar que todas
te quieren decir lo mismo, solo utilizan un lenguaje diferente de entender, mas
no imposible de comprender…
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