jueves, 1 de marzo de 2012

CONVERSACIONES CON LA CABEZA DE MEDUSA

Alguna vez una persona me dijo: “leer este libro es algo así como ver una medusa llena de serpientes en la cabeza, y cada una de esas serpientes dice algo diferente a la vez…” y verdaderamente debo confesar que es esa la primera impresión cuando se leen las primeras dos páginas de “La Casa Grande” del escritor colombiano Álvaro Cepeda Samudio, las letras concebidas en el interior de este libro se manifiestan en un principio confusas, extrañas, separadas, distantes al lector; pero sucede algo complejo con La Casa Grande, más complejo que su mismo contenido, atraen de tal forma sus páginas, que a pesar de su difícil compresión inicial, es ésta complejidad la que arrastra al lector a continuar su viaje. La ansiedad generada por el primer capítulo que se constituye todo en diálogos, sirve como aperitivo de entrada para continuar hacia un bosque más espeso, representado en una forma de escribir casi mágica, y digo mágica porque solo los magos pueden crear cosas de la nada, llevar la mente de un espectador a lugares inhóspitos o concebir los conocidos desde nuevas perspectivas, y la clásica: sacar conejos de los sombreros, en consecuencia queda la pregunta sin respuesta para el mago: ¿cómo lo hizo? Y es esta la pregunta que nos deja La Casa Grande, y ese “cómo lo hizo” no se refiere a la semántica utilizada por el autor, la pregunta se traduce en la manera de reflejar tan cruda y potentemente una realidad que amenazó a una época sumida en una guerra ideológica entre conservadores y liberales, y en la cual fueron terceras personas las que resultaron afectadas en esa llamada “violencia fratricida”. La masacre de las bananeras sucedida en 1928 fue el punto de partida del autor, muy probablemente deseaba convertirlo en sustancia literaria fuera de tiempo y lugar histórico que le permitiera replicar en espejo aquel terrible acontecimiento que cicatrizó profundamente una época y hasta ahora, una historia completa.


Las letras golpean al lector de una forma que puede ser metafóricamente dolorosa, Samudio se valió de técnicas que parecen experimentos, cuyo fin sería llevarnos en un viaje de crudeza, maldad pura y simpleza, sin embargo, me atrevería a decir que su experimento cumple su objetivo: pegarnos de principio a fin de su singular habilidad de narrar una historia desde todos los puntos de vista involucrados. Las descripciones de los personajes son simples pero certeras, con dos o tres palabras ya sabemos las características más sobresalientes del involucrado: “El Padre tiene 70 años y es fuerte y duro. Cuando se ponga de pies el Padre será de baja estatura, las espaldas serán anchas, la nuca abultada, el pecho poderoso, la cintura delgada y las piernas ligeramente corvas…” “…cuando el Padre hable la voz será áspera, autoritaria, hecha de dar órdenes siempre. No hay ternura en el Padre. Pero tampoco hay torpeza. Es implacable pero no hay venganza ni amargura en él. Es naturalmente duro como el guayacán”.

Pero no quiero sonar masoquista, ni mucho menos, por otra parte, es mi deber contarle al lector desde mi humilde experiencia en la lectura de la Casa Grande, que es un dolor placentero su desglose e interpretación. No niego que se hace incomprensible al principio, pero no se preocupe apreciado lector, esta sensación desaparece después de 4 páginas, se hace soportable, luego interrogante, ha de seguir persuasiva para después tornarse incontrolable detenerse. El amante de la literatura disfrutará la compañía de las 92 páginas, su viaje no le defraudará; la construcción semántica es mezclada desde lo histórico hasta lo fantástico, sin ser lo fantástico demasiado fantástico. La maldad de alguno de sus personajes se puede percibir tan real que puede crear en usted una sensación de rabia y venganza. Otros, podrán ser causa del despertar de un sentimiento piadoso y comprensivo.

Álvaro Cepeda Samudio murió el 12 de octubre de 1972, este escritor y periodista nos dejó antes de partir una obra literaria de riqueza por gastar. No le dé miedo aventurarse en una construcción compleja, puesto que la complejidad es temporal y va desglosando sus verdaderas intenciones: mostrarnos una situación real desde las miradas desconcertantes de cada protagonista. Son los viajes hacia lo desconocido los que nos muestran que era sólo el temor latente a aquello que desconocemos lo que nos impide mirar más allá de lo evidente.
Alguna vez alguien me dijo: “leer este libro es algo así como ver una medusa llena de serpientes en la cabeza, y cada una de esas serpientes dice algo diferente a la vez…” , yo le diría hoy: ciertamente son muchas serpientes gritando a voces inaudibles diferentes cosas, pero cuando te sientas con mesura, abres tus oídos en concentración máxima, miras cada palabra y oyes cada palabra, desglosas, disfrutas, ordenas; es allí cuando puedes notar que todas te quieren decir lo mismo, solo utilizan un lenguaje diferente de entender, mas no imposible de comprender… 

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