Están parados frente a
frente, cada uno tiene una expectativa propia, diferente, exclusiva y a la vez
inquietante. El primer paso lo da él, se acerca lentamente solicitando permiso
con su mirada y su gesto intencional, ella, se intimida pero acepta con un leve
movimiento que se puede descifrar sin
equivocación. Cuando ambos se toman de las manos la dualidad es ambigua, la
decisión de quién domina y quién cede dependerá de un mal o un acertado
movimiento. La melodía que retumba en el fondo
del salón es consecuente con las intenciones de él, pero con las
expectativas de ella falla la sincronización. Cuando los cuerpos se juntan y
las respiraciones se mezclan, la individualidad desaparece y nace una sola
figura producto de dos, se mueven al compas del lenguaje que transmite el
cuerpo, de la acción-reacción que causa
el efecto de la danza, conviven en un círculo que no permite errores, que es
temeroso de la equivocación, un círculo privado que pertenece a ambos y
cualquier visitante es considerado un invasor...
El baile se construye a
través de dos cuerpos en un acuerdo de expresividad y emoción, se convierte en
una ruta de escape que erradica tristezas o expresa descontentos. Es innata la sensación
que logra el ritmo hasta en el más diminuto de los poros, la melodía es el hilo
que sostiene cada articulación de un cuerpo sumergido en el movimiento causado
por un ente en forma de notas musicales… Sin embargo aunque se sienta como una
reacción poética del cuerpo a la orden de un instrumento, es el baile entre
dos, el principio del fin de uno de dos. La música no discrimina belleza ni
fisiología, el que no oye puede hacer oírnos lo que jamás hemos oído; existen y
existieron genios “anormales” que deleitan un fondo silencioso… pero el viaje
entre dos, el baile entre dos, puede ser la estaca invisible que daña a la
coraza más resistente. Si es bajo, si es feo, si es gordo, si no cumple los
estándares del movimiento que enseña el entorno social, es entonces cuando se
falla, si ella baila al compas del uno, dos, uno, dos, uno… y él responde con
el uno, dos, dos, uno, tres… muere la armonía, muere la simpatía, falla la
intención. El baile discrimina, discrimina la belleza, si, la subjetiva
belleza, discrimina la figura, discrimina la raza… es un lenguaje de violencia
gestual, no hace falta la palabra para que el descontento arremeta sin piedad.
Pero el baile, mi lenguaje predilecto, no discrimina mentalidades, es la droga que calma el llanto, es el ejercicio que mejora mi ritmo cardiaco, mi diástole y sístole bailan en pro del beat sonriente, mi cuerpo no puede evitar simpatizar con la melodía ajena y mis pies no me pertenecen cuando la música se apodera de ella. Las penas se van al son de un Cha Cha Chá, el dolor se evapora por el calor del sudor, dos cuerpos se pierden en el momento que congela el espacio en torno a un baile… importa tu pareja cuando te deja de importar la música, importa el espacio cuando olvidas la sensación en tus pies, pierdes el conocimiento cuando estás consciente del ambiente, mueres cuando bailas por bailar, vives cuando bailas con la música, sientes cuando compartes el compas, inerte eres cuando decides bailar por ser social…
El baile discrimina, si,
discrimina cuando decides pensar en lo que ves y no disfrutar lo que oyes… ahí
mueres y muere, pero vives y vive cuando escuchas y cambias la escucha por la
vista…

La idea de que le baile es discriminación es bastante acertada, y sobre todo desde las mujeres, discriminamos por el aspecto físico, por el peinado, si suda mucho... Me gusta pensar en el baile cuando se apodera del cuerpo, como lo planteas, "es la droga que calma el llanto".
ResponderEliminarGracias por tu comentario, me gustó mucho, un abrazo!
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